domingo, 20 de enero de 2008

El gajo

Dicen que la casa es uno mismo. Psicológicamente sé que es así: cuando soñamos con una casa es una parte de nosotros mismos, de nuestra personalidad, la que sale reflejada. Nuestra casa es un fiel espejo de lo que somos nosotros mismos, habla por sí sola, se nos puede conocer por los colores de nuestras paredes, la distribución o si damos más importancia a una sala que a otra...

Ayer pinté mi habitación.

Tenía la pintura desde hacía un año, cuando decidí que para empezar de nuevo todo tenía que cambiar de aspecto, empezando por mí y acabando por mi vajilla. La vajilla no la cambié por cuestión de dinero, pero sí pinté. De crema a verde la habitación pequeña, el primer paso. De amarillo a naranja y amarillo el comedor. Blanco distribuidor y recibidor. Me quedó la habitación.

Hace un año lo pinté todo. Empecé la sesión de pintura la mañana siguiente a una noche de sexo, abrazos, palabras, pasión y cariño. Ayer pinté mi habitación, cerrando un ciclo que se había abierto hacía trece meses, un último cambio para acabar de cambiarme a mí misma. Ayer el dolor, la ilusión, la melancolía y las risas se mezclaban por igual en mi paleta y a cada brochazo me decía a mí misma palabras de consuelo y de esperanza que me calentaban el corazón.

Empecé algo pintando y lo acabo pintando. Se completa el círculo.

Ayer tuve fuerzas para un último intento, sin consecuencias. Se calmó mi alma y las palabras acariciaron a mi corazón, falto de mimos. Estoy deseando tirar adelante, ahora que me he dado cuenta de que voy a hacerlo.

No hay comentarios: